Yo acepto, yo me acepto. Una historia zen.

Durante un paseo por un paisaje nevado el discípulo pregunta al maestro: “Maestro, los tejados están blancos, ¿cuándo dejarán de estarlo?” El maestro tarda en contestar. Se concentra y al fin le dice con voz áspera: “¡Cuando los tejados están blancos, están blancos; cuando no están blancos, no están blancos!”

Una historia zen, que Alejandro Jodorowsky repite con frecuencia. La explica en el siguiente comentario que podemos leer en su libro “La sabiduría de los cuentos” (ed. Siruela):

“Lo importante es aceptarse uno mismo. Si mi condición presente me produce malestar es señal de que la rechazo. Entonces, más o menos conscientemente, trato de ser distinto del que soy, en definitiva, no soy yo. Si, por el contrario, acepto plenamente mi estado de este momento, estoy en paz. No me lamento por creer que debería ser más santo, más bello, más puro de lo que soy aquí y ahora. Cuando soy blanco, soy blanco, cuando soy oscuro, soy oscuro, y punto. Ello no impide que trabaje en mí, que trate de ser un instrumento mejor; esta aceptación de uno mismo no limita las aspiraciones, sino que las sustenta. Porque sólo puedo avanzar a partir lo que soy realmente”.

Fábula metagenealógica

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Érase una vez una joven recién casada que empezó a cocinar un jamón para la cena. Cuando le cortó las dos puntas y lo puso en la cazuela, su marido le preguntó por qué lo hacía, y ella le respondió: “Así sabe mejor.” Después, sin embargo ella misma se hizo esa pregunta, así que llamó a su madre, que era la que le había enseñado a cocinar. “¿Por qué me dijiste que le cortase las puntas al jamón?”, le preguntó.

Su madre dijo: “No estoy segura, pero sé que así sabe mejor. Y así es como lo hacía mi madre.”

La joven llamó entonces a su abuela y volvió a preguntar: “¿Por qué le quitamos las puntas al jamón?”

Su abuela le respondió: “Por que si no, no cabe en mi cazuela.”

 

Aunque la joven de la historia creía que el sabor del jamón mejoraba si le quitaba las puntas, esa costumbre se originó sencillamente por conveniencia. Al darse cuenta de la verdad, comprobó el tamaño de su cazuela y descubrió que le cabía toda la pieza del jamón, así que modificó su comportamiento.

 

Las percepciones de la realidad de los ancestros se convierten en la base de los sistemas de creencias  los descendientes.

 

La cazuela es como el intelecto, ¿qué tamaño tiene tu cazuela en relación a la de tu abuela?

 

Cuento de Rebecca Linder Hintze (“Cómo sanar tu historia familiar”)

Una imagen y una historia sobre el poder de las creencias sobre la biología

creencias

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Seis mineros trabajaban en un túnel muy profundo. De repente un derrumbe los dejó aislados del afuera sellando la salida. En silencio cada uno miró a los demás. Con su experiencia se dieron cuenta de que el problema sería el oxígeno. Si hacían todo bien les quedaba unas tres horas de aire, cuanto mucho tres horas y media.

Mucha gente de afuera sabían que estaban allí atrapados, pero un derrumbe como ese significaba horadar otra vez la mina, podrían hacerlo antes de que se termine el aire? Los mineros decidieron que debían ahorrar todo el oxígeno que pudieran. Acordaron hacer el menor esfuerzo físico, apagaron las lámparas que llevaban y se tendieron en silencio en el piso….era difícil calcular el tiempo que pasaba… incidentalmente uno tenía reloj. Hacía él iban todas las preguntas ¿cuánto tiempo pasó? ¿Cuánto falta? ¿Y ahora? El tiempo se estiraba, cada minuto parecía una hora y la desesperación agravaba más la tensión.

El jefe se dio cuenta que si seguían así, la ansiedad los haría respirar más rápidamente y esto los podía matar. ordenó a el que tenía el reloj que sólo él controlara el paso del tiempo y avisara cada media hora. Cumpliendo la orden, a la primera media hora dijo “ha pasado media hora” Hubo un murmullo entre ellos y una angustia que se sentía en el aire. El hombre del reloj se dio cuenta de que a medida que pasaba el tiempo, iba a ser cada vez más terrible comunicarles que el minuto final se acercaba. Sin consultar a nadie decidió que ellos no merecían morir sufriendo. Así que la próxima vez que les informó la media hora habían pasado 45 minutos. No había manera de notar la diferencia.

Apoyado en el éxito del engaño de la tercera información la dio casi una hora después… así siguió el del reloj, cada hora completa les informaba que había pasado media hora. …La cuadrilla apuraba la tarea de rescate, sabían en qué cámara estaban atrapados y que sería difícil poder llegar antes de cuatro horas. Llegaron a las cuatro horas y media. Lo más probable era encontrar a los seis mineros muertos. Encontraron vivos a cinco de ellos. Solamente uno había muerto de asfixia…el que tenía el reloj. …”

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J. Bucay, en  “El camino de las lágrimas”

La aceptación, un camino hacia el equilibrio emocional. Un cuento zen y una cita filosófica para reflexionar.

amor fati*

Durante un paseo por un paisaje nevado el discípulo pregunta al maestro:

“Maestro, los tejados están blancos, ¿cuándo dejarán de estarlo?”

El maestro tarda en contestar.

Se concentra y al fin le dice con voz áspera:

“¡Cuando los tejados están blancos, están blancos; cuando no están blancos, no están blancos!”

La metáfora del leñador, ¿te esfuerzas mucho y logras poco?

CREATIVIDAD

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Había una vez un terrateniente que era dueño de un gran bosque en el que quería talar muchos árboles. Buscaba un leñador eficaz y convocó un concurso. Se presentaron todos los leñadores de la región porque pagaba muy bien. Allí fue nuestro protagonista, hombre serio, responsable, muy trabajador y con gran experiencia. Ganó el concurso, le contrataron y comenzó a trabajar.
El primer día cortó cien árboles y regresó muy contento a su casa. Pero el segundo día solo pudo cortar ochenta, pese a que tenían la misma dificultad que los del día anterior. Para quedar bien con el terrateniente, el tercer día madrugó más y se puso a cortar árboles desde el amanecer hasta el anochecer; sin embargo solo pudo cortar cincuenta. Ante la impotencia de nuestro leñador, las cosas fueron empeorando según pasaba los días: se levantaba antes de que amaneciera, se acostaba ya anochecido y se esforzaba al máximo, pero cada vez cortaba menos árboles.
Por fin decidió hablar con el terrateniente y todo compungido le explicó la situación: “Mire, estará viendo que me esfuerzo más y más, pero no sé lo que pasa que cada vez corto menos árboles. Estoy desesperado, pero ya no puedo más, no descanso, no paro, casi no duermo, pero no puedo cortar más árboles”.
Ante esto su jefe le dijo: “Vengo observando tus dificultades y veo tus esfuerzos para resolverlas, me he dado cuenta de que no descansas ni un segundo, pero ¿te has parado a afilar tu hacha?

¿Te esfuerzas mucho y logras poco? ¿Te has parado a pensar alternativas? ¿Otra actitud posible? ¿Otro repertorio de hábitos? ¿Qué parte de ti estás descuidando? ¿Tu mente? ¿Tu corazón? ¿Tu cuerpo?

La metáfora de la partida de ajedrez

ajedrez

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Supongamos un tablero y las figuras de ajedrez. Se constituiría una partida en la que dos bando intentarían vencer.

Un bando de esos, “el bueno”, representaría los sentimientos de control y los pensamientos de autoconfianza que quieren ganar la partida a la ansiedad, las obsesiones y demás “figuras malas”.

En verdad, se trataría de una partida sin final, por cuanto que las piezas no pueden desaparecer del tablero.

¿Te recuerda esta partida a tu situación actual?

Pero tú no eres unas piezas ni otras, eres el tablero.

¿Qué harás? ¿Luchar desenfrenadamente por deshacerte de las figuras “malas” (la lucha las fortalece y no pueden salir del tablero) o contemplar el juego sin estar particularmente implicado?

Esperando al tren equivocado

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Imagina que estás haciendo un viaje realmente especial, a un lugar donde quieres realmente ir y has estado soñando con ello toda tu vida. Cuando vas a la estación ves anunciados dos trenes, uno es un poco extraño, tiene los asientos de madera dura y parece viejo y sucio, desde luego, no es nada confortable. El otro tren es un tren de lujo. Es seguro, fiable, confortable, o sea, la clase de tren en la que da gusto viajar, con aire acondicionado, cine, restaurante bueno y barato. Piensas de inmediato en tomar este último tren, no es posible que tengas que viajar en el otro, viejo y andrajoso. Ves que el tren más pobre llega y se va, mientras esperas a que llegue el tren de lujo, que todavía no está anunciado. Ves venir otro tren también viejo y pobre, y sigues esperando al tren de lujo. Pasa otro tren viejo, y otro y otro y otro…. Pero ¿qué ocurriría si el tren de lujo saliera demasiado tarde y llegara al destino cuando te tuvieras que volver o si no saliera nunca o no fuera hacia el destino que tú deseas?…

Asociación para la Ciencia Conductual Contextual

Las dos escalas

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“Las cadenas de música que tienen dos altavoces tienen también un mando de balance entre ellos de forma que cuanto más se oye uno menos se oye el otro.

En la vida existen dos altavoces, el del sufrimiento y el del compromiso con los propios valores.

Cuando se oye mucho el del sufrimiento, se oye muy poco el de los propios valores, y viceversa.”

S. Hayes

La metáfora del dique agujereado

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Imagine un dique que tiene agujeros por los que antes o después sale agua y suponga que aquí está una persona para quien ver correr el agua a través de esos agujeros le produce una sensación de descontrol tremenda y desasosiego extremo que no puede soportar. Pero no hay problema, porque esta persona parece que ha encontrado un modo de evitar su desasosiego y su necesidad de controlar que el agua fluya. Esta persona está pendiente de ver si fluye el agua por los orificios. Tan pronto ve que el agua fluye por uno, rápidamente se tranquiliza porque lo resuelve poniendo el dedo índice en el pequeño agujero. Más tarde, tampoco tiene problemas, ya que cuando el agua fluye por otro orificio, sitúa el otro dedo índice. Más tarde, ve que fluye agua por otro, pero tampoco hay problemas, coloca un dedo del pie derecho. Más tarde, coloca el dedo del pie izquierdo en otro orificio. Vuelve la tranquilidad y la sensación de control. Aún sigue sin problemas, ya que cuando surge agua por otro agujero sitúa su nariz en el orificio y vuelve a tranquilizarse. Y así sucesivamente. Parece que está controlando.

Sin embargo, este hombre no encuentra la tranquilidad, ya que sí parece que pueda controlar el agua, pero ¿a qué precio? Se lamenta de no poder llevar su vida, tiene que estar controlando que el agua no salga.

Finalmente, no es feliz en esa posición.